¿QUÉ SACRIFICARAS DURANTE LA CUARESMA?

Ahora bien, dice el Señor, vuélvanse a mí de todo corazón, con ayuno, llanto y lamento; rasguen sus corazones, no sus vestiduras, y vuélvanse al Señor su Dios (Joel 2:12-13).

Cada año, la Iglesia nos ofrece la Cuaresma como un tiempo sagrado de regreso a Dios. A través de la liturgia, las Escrituras y los signos de la ceniza y el ayuno, se nos recuerda que la conversión es un camino de toda la vida de vuelta a Dios. Al acercarse la Cuaresma, muchos nos hacemos la misma pregunta: ¿Qué voy a sacrificar este año? El ayuno es lo primero que nos viene a la mente. Dejar los dulces, el café o las comidas reconfortantes puede ser útil. Por ejemplo, alguien a quien le encanta el pan podría optar por ayunar de él. Fuera de la Cuaresma, ese sacrificio podría parecer innecesario, incluso demasiado difícil. Pero durante este tiempo, comienza a tener sentido. Cada momento de debilidad se convierte en una pequeña invitación a unir nuestros corazones al sacrificio de Cristo y a volvernos a Dios en oración.

La oración misma también puede convertirse en un sacrificio cuaresmal. Un padre o una madre ocupados podrían optar por llegar diez minutos antes a la iglesia y pasar ese tiempo en silencio ante el sagrario. No es un gran acto, pero requiere esfuerzo y nos recuerda que debemos poner a Dios en primer lugar.

La limosna también forma parte de este camino. Apartar dinero que podría haberse gastado en caprichos o pequeños lujos para dar ese dinero a la Iglesia o para ayudar a una familia necesitada es un acto de amor sencillo y real. Incluso los pequeños sacrificios, cuando se ofrecen con un corazón generoso, nos transforman y conectan nuestra Cuaresma con la vida de los demás.

En el libro de Joel, Dios llama a su pueblo al ayuno, al llanto y al lamento. Estos no son gestos vacíos. Apuntan al arrepentimiento interior. El ayuno enseña la dependencia de Dios. La oración habla de esa dependencia. El luto y el dolor nos abren a la reconciliación, que encuentra su máxima expresión en el sacramento de la Confesión.

El mandato de Dios sigue siendo claro: rasguen sus corazones, no sus vestiduras. Las cenizas, el ayuno y los actos de caridad solo importan cuando reflejan un cambio real en nuestro interior. La oración, el ayuno y la limosna no son tareas separadas, son tres maneras de volver a Dios.  

Renunciar a algo durante la Cuaresma no es una competición ni una prueba. Es un acto de amor y humildad, una forma de caminar con la Iglesia hacia la Cruz y, en última instancia, hacia la Resurrección. A través de estas prácticas, aprendemos a confiar en Dios, a amar con mayor generosidad y a desprendernos de aquello que nos aleja de Él.

La Cuaresma es un tiempo de sacrificio, pero también de esperanza. Lo que sacrificamos nos prepara para recibir. Al regresar a Dios con todo nuestro corazón, poco a poco, Él nos restaura. Recordamos quiénes somos: pecadores necesitados de misericordia, pero a la vez hijos e hijas profundamente amados, llamados a una vida nueva en Cristo.

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