A lo largo de la historia, Dios ha transformado corazones y vidas de maneras sorprendentes. Él se ha servido de conversiones personales para cambiar el rumbo de la humanidad, muchas veces a través de personas y circunstancias que nadie habría imaginado. Uno de los ejemplos de esta acción divina es la conversión del apóstol San Pablo.
Antes de ser apóstol, Pablo entonces llamado Saulo era un hombre profundamente celoso de la ley judía. Había sido educado por grandes maestros y se destacaba por su conocimiento y fervor religioso. Sin embargo, su celo lo llevó a un error profundo: creyendo servir a Dios, se convirtió en un feroz perseguidor de los cristianos. Presenció el martirio de san Esteban, el primer mártir de la Iglesia, y desde entonces, se dedicó con pasión a perseguir y encarcelar a todos los que confesaban a Jesús como Señor y Salvador.
Pero Dios, que ve más allá de nuestros errores, tenía para Saulo un plan de amor y redención. En medio de su ceguera espiritual, el Señor lo esperaba para un encuentro que transformaría completamente su vida.
Mientras viajaba hacia Damasco con la intención de arrestar a los discípulos del Señor, una luz resplandeciente lo envolvió y lo derribó al suelo. Entonces escuchó una voz que lo llamó por su nombre:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Él respondió: “¿Quién eres, Señor?” Y la voz le contestó:
“Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.”
(Hechos 9:4–6)
Este episodio, narrado en los Hechos de los Apóstoles (9:1–19), es uno de los más conmovedores de toda la Escritura. En ese momento, Saulo comprende la verdad que había ignorado: al perseguir a los cristianos, estaba persiguiendo al mismo Cristo. Pero en lugar de condenarlo, Jesús lo llama a una nueva vida.
Ciego durante tres días, Saulo experimenta físicamente la oscuridad interior en la que vivía. Dios envía entonces a Ananías, un discípulo fiel, para imponer las manos sobre él, devolverle la vista y bautizarlo.
“Al instante cayeron de sus ojos como unas escamas, y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado.” (Hechos 9:18)
Desde ese momento, el perseguidor se convierte en misionero incansable. San Pablo llevará el Evangelio a todas partes, anunciando a Cristo resucitado con una pasión ardiente. Sus cartas, llenas de sabiduría y fe, siguen guiando a los creyentes hasta hoy. Su vida nos recuerda que nadie está fuera del alcance de la misericordia de Dios.
Cada 25 de enero, la Iglesia celebra la Fiesta de la Conversión de San Pablo, recordándonos que la conversión es dejarnos transformar por la luz Divina.Como Pablo, también nosotros podemos dejarnos alcanzar por la luz que disipa las tinieblas del corazón. Que su testimonio nos inspire a abrirnos al perdón y a decir con él, con total confianza:
“Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.” (Gálatas 2:20)
