CARIDAD Y TOLERANCIA: HACÍA LOS MÁS PEQUEÑOS EN MISA

Viajar al Vaticano para participar en una Misa del Papa León XIV era un sueño que mi familia había esperado con ilusión por varios meses. Viajamos todos juntos: mi esposo, mis tres hijos pequeños, dos niños de un año y medio y un niño de cuatro, mi suegra y yo. 

La Plaza de San Pedro ese día estaba completamente llena. Nos ubicamos en los laterales, fuera del área de las sillas, y quedamos prácticamente atrapados en medio de la multitud. Con un coche triple para los niños y sin espacio para movernos, los niños comenzaron a llorar. Intentábamos calmarlos, pero entre el empujón constante de la gente y el calor del momento, la situación se volvió muy difícil.

Fue entonces cuando ocurrió algo que jamás imaginé. En medio del murmullo y las quejas, un hombre mayor, claramente irritado por el llanto, le dio una patada a mi hijo de cuatro años. Yo no lo vi en el instante, y tal vez fue mejor así, pero escuché después lo sucedido y sentí una mezcla de impotencia y gran disgusto. Me pregunté: ¿Qué puede pasar por la cabeza de un adulto para reaccionar así ante un niño pequeño en una Misa?

Y fue en ese momento cuando mi suegra, con una serenidad impresionante y una fe profundamente encarnada, miró al hombre y pronunció una sola palabra que cortó el aire: “¡Caridad!”. Esa palabra lo dijo todo. No fue un reclamo agresivo, sino un recordatorio firme de lo esencial: que la fe no se vive solo en el rito, sino en la manera en que tratamos al prójimo. Aquella palabra nos devolvió el corazón del Evangelio en su forma más pura.

Este episodio es solo un ejemplo de algo que como Iglesia no podemos olvidar: los niños no son una interrupción de la Misa; son parte viva de ella. Son la presencia más clara de que la fe continúa, de que el Evangelio sigue teniendo futuro. Como escuché una vez: “Una Misa con niños es señal de una Iglesia viva y que crece.”

Algunos niños son más ruidosos que otros, un ejemplo de eso son mis propios hijos, y nosotros  los padres hacemos todo lo posible por contenerlos, calmarlos y enseñarles a participar, aun en circunstancias que no son ideales. Pero necesitamos también de la paciencia y empatía de quienes nos rodean. A veces un gesto amable, una sonrisa o simplemente no juzgar puede sostener a una familia que lucha por vivir su fe en medio del cansancio.

Hubo un momento en aquel día en el que pensé que quizá había sido un error llevarlos. Pero ahora cuando mi hijo de cuatro años ve al Papa en una imagen y dice con emoción: “Mira mamá, el Papa”, entendí que su corazón sí guardó algo valioso de aquella experiencia.

Si eres padre, no dejes de llevar a tus hijos a Misa, aunque hayan interrupciones, o tengas que permanecer en el cuarto de llantos, o sacarlos de la Misa varias veces para corregirlos. Llevarlos a Misa es sembrar la fe en su corazón desde pequeños.

Y a los demás feligreses, un recordatorio: seamos tolerantes y pacientes con los niños y sus padres, porque cada llanto es parte de la vida y del crecimiento de nuestra comunidad. La verdadera caridad se practica también así, en la comprensión, el respeto y el amor hacia los más pequeños y hacia quienes los acompañan.

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